Lo que no aparece en el programa: aprender de Berlín, de los demás y de uno mismo
Javier, profesor de Ciclos Formativos, reflexiona con mirada crítica y personal sobre su movilidad formativa Erasmus+ de este verano.
Tres ideas que deja esta movilidad
Las claves de una experiencia que invita a mirar más allá del programa del curso.
Participar en una movilidad formativa Erasmus+ en Berlín ha supuesto una experiencia que, más allá de los aprendizajes concretos adquiridos durante la formación, me ha permitido reflexionar sobre lo que realmente aporta este tipo de experiencias y sobre cuáles son sus principales fortalezas y, también, sus aspectos mejorables.
Una valoración agridulce de la formación
En cuanto a la formación recibida, mi valoración es, en cierto modo, agridulce. El programa abordaba un contenido muy amplio que, por su extensión y diversidad, resulta difícil de desarrollar y asimilar en profundidad en tan solo cinco días. En algunos momentos, la amplitud de los temas tratados ha dado la sensación de que se pretendía abarcar demasiado en un periodo de tiempo demasiado reducido, lo que inevitablemente limita la posibilidad de profundizar, experimentar y reflexionar sobre los contenidos.
Además, existe una cuestión que me ha llamado especialmente la atención: la presencia recurrente de la inteligencia artificial como herramienta aplicada al ámbito educativo. Independientemente del título o del objetivo específico de determinadas formaciones, parece que muchas de ellas terminan convergiendo en el aprendizaje y utilización de herramientas de IA para el desarrollo pedagógico. Sin cuestionar la importancia que estas herramientas tienen actualmente y las posibilidades que ofrecen, considero que su presencia reiterada puede llegar a generar cierta sensación de repetición y de homogeneización entre formaciones que, en principio, deberían presentar enfoques y objetivos diferenciados.
El aprendizaje más significativo se ha producido fuera del programa estrictamente académico.
Sin embargo, reducir la experiencia a los contenidos formativos sería quedarse únicamente con una pequeña parte de lo que realmente supone una movilidad Erasmus+. En mi caso, el aprendizaje más significativo se ha producido fuera del programa estrictamente académico.
Los idiomas salen del aula
La movilidad me ha permitido poner a prueba y mejorar mis capacidades lingüísticas en un contexto real, interactuando con personas de diferentes nacionalidades y procedencias. Utilizar otros idiomas de manera cotidiana, no únicamente como una herramienta de aprendizaje, sino como medio necesario para comunicarse, compartir experiencias y establecer relaciones, supone un aprendizaje difícil de reproducir dentro de un aula.
Especialmente enriquecedor ha sido compartir la experiencia con un grupo de personas diverso y versátil, con trayectorias profesionales, culturales y educativas diferentes. Cada participante aporta conocimientos, experiencias y perspectivas propias sobre la educación, las metodologías y las formas de entender el aprendizaje. Ese intercambio permite descubrir que no existe una única manera de hacer las cosas y que, precisamente, conocer otros enfoques puede ayudarnos a cuestionar nuestras propias prácticas y a incorporar nuevas ideas.
Una red que comienza cuando termina el curso
A esto se añade un aspecto que considero fundamental: la creación de redes de contacto. Las personas que conocemos durante una movilidad pueden convertirse en mucho más que compañeros circunstanciales de una formación. Pueden constituir el inicio de nuevas relaciones personales y profesionales, facilitar futuros intercambios de experiencias y abrir la puerta a nuevas movilidades, proyectos y posibles acuerdos de colaboración. En este sentido, la movilidad no termina cuando finaliza el curso o cuando regresamos a nuestro lugar de origen; en cierto modo, es ahí cuando comienza una nueva etapa de posibilidades.
La paradoja del destino
Desde una perspectiva más crítica, también considero interesante reflexionar sobre una cierta contradicción que puede existir en este tipo de movilidades. En ocasiones, parece que el interés por participar no está únicamente relacionado con los contenidos o con la formación que se va a recibir, sino también, y quizá en una parte importante, con el destino al que se quiere viajar. Berlín, Roma, Florencia, Ámsterdam o cualquier otra ciudad europea pueden convertirse en un importante atractivo a la hora de elegir una movilidad. Y, junto al destino, aparece otro factor difícil de controlar: las personas que vamos a conocer y con las que vamos a compartir la experiencia. Uno puede elegir el curso y el lugar, pero no puede saber de antemano qué compañeros encontrará, qué conversaciones surgirán o qué relaciones terminarán siendo significativas.
Y, paradójicamente, puede que ahí se encuentre una de las mayores riquezas de Erasmus+. El valor de una movilidad no siempre se puede medir por la cantidad de contenidos aprendidos durante cinco días, ni por el número de herramientas conocidas o actividades realizadas. A veces, lo verdaderamente importante está en aquello que no aparece en el programa: una conversación, una nueva amistad, una perspectiva diferente, una oportunidad profesional, una mejora en nuestra capacidad para comunicarnos en otro idioma o el contacto con alguien que, en el futuro, pueda formar parte de un nuevo proyecto.
Una movilidad no termina cuando finaliza el curso; en cierto modo, es ahí cuando comienza una nueva etapa de posibilidades.
Una puerta que merece la pena cruzar
Por todo ello, a pesar de considerar que determinados aspectos de la formación podrían plantearse de una manera más específica, realista y profunda, me quedo con una valoración positiva de la experiencia. No tanto por los contenidos concretos aprendidos, sino por todo aquello que la movilidad ha generado alrededor de ellos: aprendizaje personal, crecimiento lingüístico, intercambio cultural, nuevas perspectivas y, sobre todo, nuevas relaciones humanas y profesionales.
Precisamente por eso considero que merece la pena repetir la experiencia. Porque una movilidad Erasmus+ no debería entenderse únicamente como un curso que realizamos en otro país, sino como una oportunidad para salir de nuestro entorno habitual, encontrarnos con otras personas y otras realidades y permitir que esa experiencia amplíe nuestra manera de entender el mundo y nuestra propia profesión.
En definitiva, las movilidades Erasmus+ nos ofrecen algo que ningún programa formativo puede garantizar por sí solo: la oportunidad de aprender de los lugares que visitamos, de las personas que conocemos y, sobre todo, de nosotros mismos. Por eso, cuando se nos abre la puerta a vivir una experiencia así, merece la pena cruzarla.
Profesor de Ciclos Formativos
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